Todo comenzó con una mano creyendo ciegamente (torpemente) ser quien no era. Por alguna razón, la mano derecha de papá en algún momento se empeñó en imitar los movimientos, la forma de ser y actuar en el mundo, de su compañera del otro lado: la izquierda. Muy seguramente él ni se dio cuenta de esto, de hecho no sé si ya lo hizo, o si lo hará. Trataba de cortar un papel con tijeras y ahí comenzaba su confusión; iba a agarrar los cubiertos para comer, y el padecimiento llegaba a la mesa. Pero en donde más se hacía presente esto era a la hora de escribir: no doblar la muñeca, sacar el codo y arrastrar la tinta. Algo inevitable. Muchas palabras desafortunadamente se perdieron así, otras tantas, en cambio, afortunadamente fueron imposibles de descifrar.

Yo estaba en el vientre de mamá, su barriga crecía y crecía, es decir, mi nacimiento se acercaba. Entonces, la mano confundida de papá, tal vez por la presión de este acontecimiento, hizo de las suyas: más confundida que de costumbre, ansiosa se refugió en los libros y así fue que comencé a escuchar la voz de papá y las voces de las historias que leía. Luego, sin embargo se complicaron un poco las cosas: a la mano se le dio por obligar a mi papá a escribir cuentos, y cada día lo presionaba más y más.

Seguramente muchos se preguntarán “¿Qué hay de malo en esto?” y la respuesta es muy sencilla: más allá del olor a tinta que tuve que aguantar, tuve que comenzar a escuchar a mi papá muchas veces decir: quiero vivir de esto, quiero vivir haciendo esto. Así es, comenzó a creer, a soñar, que podía ser escritor. Esto no era para nada un problema, el problema en verdad era que lo creyera tímidamente, como sin decisión, que no hiciera nada al respecto. Fue entonces cuando mamá llegó al rescate y le propuso: ¿Qué tal si todos leemos y todos escribimos?

Y entonces fue como si la magia hubiera llegado a casa. Cada día nuevo llega con nuevas historias, escritas por mis papás o por otros. Siempre hay personajes para imitar, dibujar, colorear, o para ponerles una voz. Ahora, no la pasamos respirando cuentos, buscando cuentos, oyendo cuentos, y no nos cansamos de repetirlos una y otra, y otra, y otra vez, de galopar sobre ellos, como decimos entre nosotros.

Finalmente descubrí que la mano confundida de papá, no estaba tan confundida como creía.

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